CINE. ENTREVISTA A DAVID LYNCH: ‘UNO TIENE QUE SER FIEL A SUS IDEAS’ “CLARÍN” CONVERSÓ EN FORMA EXCLUSIVA CON EL REALIZADOR DE “TERCIOPELO AZUL” Y “EL CAMINO DE LOS SUEÑOS” LUEGO DE PRESENTAR MUNDIALMENTE EN VENECIA LA PELÍCULA MÁS AUDAZ Y ORIGINAL DE SU CARRERA: “IMPERIO”, QUE SE ESTRENÓ ESTA SEMANA EN LA ARGENTINA.
Es uno de los talentos más originales que ha dado el cine estadounidense en los últimos treinta años, si contamos que Eraserhead, su opera prima, es de 1977. Así que bien vale esperarlo. El hombre acababa de presentar Imperio en el Festival de Venecia, y esa mañana cerca del Adriático el sol pegaba fuerte. Y a David Lynch le molestaba en sus ojos claros hasta que comenzó a hablar de su arte. Porque si bien, en los 45 minutos que le dedicó a Clarín, habló de su película, cada vez que vertía una idea era más allá de la coyuntura del filme. A los 61 años, Lynch puede darse los lujos que un artista independiente con todas las letras se quiera permitir. Tardó meses en terminar Imperio; quiso que durara 180 minutos y nadie le puso un pero; no le mostró la película a su actriz principal, Laura Dern, aunque ella figure como coproductora. Y eso no es todo: no sólo escribió y dirigió el filme, sino que también lo produjo, se encargó de la iluminación, hizo cámara, lo editó, diseñó el sonido, compuso cuatro canciones y cantó tres.
Se dice que no tenía un guión completo, que fue filmando sobre la marcha.
No, tenía todo guionado pero escena por escena. No empecé con un guión completo, y los actores tenían esas páginas con suficiente antelación para aprenderlas. Imperio se hizo con una cámara Sony DSR-PD 150 y a Lynch le encantó la experiencia.
¿Qué importancia tuvo el video digital?
Eso cambió prácticamente todo. Al principio, pensé: “El DV (digital video) es un juguete, es malo, alejémonos del DV. El fílmico es lo máximo y siempre lo será”. Y mañana o pasado, lo digital sobrepasará la cantidad de información que hay en un cuadro de fílmico. Podremos manipularlo y hacer todo lo que queramos. El sonido ya es totalmente digital. Pronto la película será historia pasada, es un dinosaurio, y nos mata. Usé una cámara muy pequeña y bonita, ¡y con foco automático! Grabé en baja resolución y luego pasé a 35 milímetros. La definición digital no permite cierta textura, cierta ambigüedad. “Cuando le preguntamos cómo hacer algo, es muy estimulante que te conteste ‘Vamos a averiguarlo’ - explicó Theroux-. Si se trabaja escena por escena uno no cuenta con otra cosa que el presente. Y eso es maravilloso para el trabajo de un actor.” A la vez, le permite participar de cerca en lo que sucede: “Cuando uno lo necesita -dijo Dern- David está ahí, no en la sala de video. El mismo manejó una de las cámaras”.
¿En qué medida hace películas para alejar sueños o demonios de su pasado?
No es como ir al psiquiatra. A uno le surgen ideas. Siempre digo que las ideas son como regalos. Todos somos distintos, de modo que quizá usted no se enamore de las ideas de las que me enamoro yo. Pero, por alguna razón, a uno se le ocurre una idea y se enamora de ella. En esta película al principio sólo había fragmentos sueltos. Yo no sabía cómo uno se iba a relacionar con el otro, pero es extrañísimo: es como que uno recibe una pequeña pieza de un rompecabezas, y luego otra, y uno no tiene la menor idea de cómo va a quedar armado. Pero, poco a poco, uno dice: “Un momento, aquí está pasando algo”. Ahí, las ideas empiezan a llegar más rápido. Pero el rompecabezas siempre está armado antes de jugar a armarlo… En este caso no pasó eso. Creo que la idea nos viene en fragmentos y la trabajamos y trabajamos. Einstein pensaba que había un campo unificado en la base de la mente y la materia. Y hace treinta años se descubrió ese campo y se verificó su existencia. Es magia. Y si existe un campo de unidad, uno puede tener una idea, y después otra. Esta es la diminuta idea azul, ésta es la idea plateada con puntitos rojos.
¿Cómo se relacionan?
Uno sigue trabajando y ¡oh, se relacionan! Y de eso nace una historia. Su rompecabezas parece venir de un lugar más oscuro que aquel de donde vendría, probablemente, el mío.
¿Tiene una explicación para eso en su vida personal?
No es un lugar oscuro. Creo que viene de lo que está pasando en el mundo que sentimos y en el cual pensamos en este momento. Hay algo nadando allí… ¿Cómo salimos de esta oscuridad? Eso también es nadar allí. Son los contrastes los que arman una historia. Lo suyo no es la narración lineal.
¿Qué piensa al saber que mucho público se queda afuera de lo que quiere contarle?
No, esto es una narración muy tradicional (risas). Esta es la forma en que se fue desarrollando la historia. Uno permanece fiel a las ideas y las hace tan buenas como puede. Si uno empieza a tratar de complacer a un público desconocido, está perdido. Uno tiene que vivir con lo que hace, y no sabe qué va a pasar. Pero tiene que vivir con eso y ser fiel a las ideas. Sí, pero usted lo entiende de otra manera, y eso es maravilloso. Cuando uno se para frente a una pintura abstracta algo pasa… De acuerdo, pero también pasa cuando uno mira cualquier cosa. Uno no confía en una película en la que quiere entender todo… si es una historia superficial… Tenemos la capacidad de entender muchas más cosas. Entendemos todo, lo que pasa es que es difícil expresarlo en palabras. Hay cosas en la vida que no se entienden Sí, pero la gente necesita entender todo. Uno siente cosas cuando mira una pintura, cuando escucha música.
Ud. dijo que la mejor expresión de lo que es el arte hoy es el cine. Pero, ¿lo encuentra en alguna otra forma artística?
Sí, la pintura, la fotografía, la música. También me gusta construir cosas, mesitas y lámparas.
¿Qué haría si no hiciera cine?
Haría esas cosas. También me gustaría aprender a hacer laca japonesa. Una vez vi en televisión un programa sobre una mujer que trabajaba a un ritmo maravilloso, haciendo un plato durante un largo período de tiempo. Se tomaba un descanso, iba a la orilla del mar y volvía para emprender el siguiente paso del proceso.
¿Ve mucho cine, siente inspiración en las películas de otros directores?
Uno se siente inspirado cuando ve algo. Yo me siento inspirado cuando miro Ocho y medio, La strada o Sunset Boulevard, que me conmueve el alma.
¿Cuál es su idea de lo irreal?
Sí, si el actor tiene una toma de 40 minutos y puede meterse en esa escena, ¡eso es irreal! Imagino que su forma de trabajar asusta a algunos actores.
¿Es por eso que eligió de nuevo a Laura Dern?
No me gusta asustar a la gente (ríe), y me gusta hablar con los actores cuando estoy filmando. Con el video digital se puede hablar todo el tiempo. Arruino muchas cosas en cuanto al sonido, pero puedo estar en una escena y decir: “No, no, no”, y empezar a hablar otra vez, retroceder y volver a empezar. Y ellos la agarran. Capturar esa cosa es algo delicado y pueden perderla si tienen que recomenzar. Es como un milagro. En su cine permite que los espectadores armen relaciones y deja que esa in tuición se ponga en funcionamiento.
¿Qué piensa que va a pasar con todos los sitios web que tratan de explicar cada detalle de sus películas?
En internet, vemos lo que piensa la gente. Pero antes la gente también pensaba. Veía una película y se reunía a hablar de ella. Pero ahora, uno lo ve. Es hermoso. Todo ese charlar, discutir, reformular, pensar, no arruina las cosas. Pero al principio a todos nos gusta descubrir una película sin ayuda, y entonces, cuando oímos algunas cosas por anticipado, eso colorea nuestra experiencia. No es bueno. En distintas épocas tuvo que enfrentarse y luchar con productores que no entendían su forma de arte. No es una lucha. O sí, es una especie de lucha, pero si uno tiene el corte final, tiene agradables discusiones, y tiene la última palabra.
¿Por qué un director querría hacer una película si no puede hacer la película que está haciendo?
Es absurdo. El sistema de estudios mata a la gente, la mata por plata. Es algo enfermo y pronto se va a acabar.
¿Cómo describiría su vida como realizador?
Es hermoso cuando uno atrapa una idea, se enamora de ella y puede concretarla. He tenido mucha suerte, porque hasta hace poco hacía falta mucho dinero para hacer una película. Siempre digo que hay por ahí gente con ideas maravillosas, pero no le dan luz verde. Y ahora, más y más gente va a poder hacer cosas.
¿Tiene alguna relación con la Argentina?
Bueno, una gran amiga mía estuvo viviendo en Buenos Aires. Tal vez pueda ir a visitarla…
¿Cuándo imaginó el final del filme?
No sé cuándo apareció eso. Sin duda, no estaba presente al principio, pero me gusta. ¿Fue divertido cantar?
Yo canté durante un año en un coro de iglesia cuando tenía 9 años. Detesto cantar, me da vergüenza. Puedo cantar una melodía y tocar la guitarra, pero toco la guitarra de una manera diferente, casi como un efecto de sonido. Y decididamente no soy cantante pero, en el mundo digital, con tantas artefactos y tanta ayuda, empecé a cantar. Es un experimento emocionante. Voy a hacer un álbum de blues.
¿Solo?
Sí, solo. Pero claro, trabajo con un ingeniero de sonido…
Por Pablo O. Scholz
ALUCINACIONES
“Imperio” es una sumatoria de las obsesiones de Lynch, un viaje hacia lo más oscuro de su mente. Una luz, una púa que chirría sobre un disco, una prostituta abandonada en un cuarto de hotel mirando la televisión -quién sabe dónde, quién sabe cuándo-. Tres conejos actuando en una sitcom para gente que se ríe de sus desgracias. Una mujer extraña que profetiza sobre todo. Una actriz que acaso no lo sea, un personaje que acaso no lo sea, una película dentro de otra película dentro de otra más. Un grupo de chicas que bailan The Loco-Motion, un cuento folclórico polaco, un productor sin plata. Un fantasma violento, un actor seductor, una mujer con un destornillador clavado en el estómago. Pasillos, habitaciones, espejos, y el programa de radio más largo de la historia que transmite 24 horas desde la región del Báltico. Todo esto -y mucho más- aparece, reaparece y desaparece a lo largo de las tres horas de Imperio, un viaje sin escalas al inconsciente de David Lynch, un hombre que lleva tanto cine adentro que parece haber encontrado, en la simpleza del video digital, la forma de hacer físicas esas imágenes interiores dando la sensación de que no hay mediación entre ambos universos. Imperio es una sumatoria de su obra. Aquí están todos sus temas, mezclados de una forma que no obedece a la lógica narrativa convencional, sino a la del sueño o la pesadilla. Todo en Imperio tiene sentido y puede ser reconstruido si uno lo desea (hay varios sitios de internet con teorías al respecto). Pero lo cierto es que, al menos la primera vez que uno entra en este viaje de ida, no tiene mucho sentido perder el tiempo en tratar de hacer que los conejos coincidan con los polacos, ni saber si la actriz sueña al personaje, el personaje sueña a la actriz o si ambas son soñadas por la prostituta que mira la tele. Conviene soltar el cinturón de seguridad de la evolución narrativa (ya lo dice la gran Gracie Zabriskie: No puedo recordar si es hoy, dentro de dos días o ayer) y, aún dentro de los parámetros lynchianos -Imperio hace que El camino de los sueños y Carretera perdida parezcan cuentitos cerrados- abandonarse al flujo de imágenes, de sensaciones, perderse en el viaje hacia la oscuridad que propone Lynch. Síntesis ínfima y discutible: Laura Dern es una actriz que consigue un papel en un filme acerca de un trágico triángulo amoroso. La historia ya se quiso filmar antes pero nunca se terminó porque los actores fueron misteriosamente asesinados. A la vez, la trama en la que se basa viene de un cuento folclórico gitano, truculento y maldito. Y, es obvio decirlo, la historia se repetirá con Nikki/Sue (actriz y personaje, o acaso sea al revés) en esta nueva versión. Durante la primera hora de Imperio todo parecerá ir por carriles manejables. Pero cuando nuestra heroína y su coestrella (Justin Theroux) pasen a “los hechos”, el mundo creado entrará en una espiral sin salida, retorciéndose sobre sí mismo hasta morderse la cola. Aparecerán todas las imágenes citadas al principio -y más también- en una sucesión indómita que sólo dará dos opciones al espectador: el éxtasis provocado por la entrega total o la búsqueda urgente del cartel de Salida. El que abandone Imperio se perderá una de las experiencias más alucinantes que ha dado el cine en años. Y no sólo por ser la demostración de un talento superior en su modo de expresión más puro. Sino porque cada escena de Imperio es la prueba que hay mucho más en el cine y en el mundo de lo que el cine (y el mundo) nos presenta a primera vista. Detrás de un vidrio oscuro, o de la estática de una pantalla de TV, hay otro universo, alucinado y alucinante, en el que una mujer con una pierna baila una canción de Nina Simone, otra tiene un mono con problemas gástricos y una tercera sale a jugar y se pierde, detrás del mercado, donde El Mal vive y la inocencia desaparece para nunca regresar.
Por Diego Lerer
Fuente: diario “Clarín”
Más información: www.clarin.com